David Copperfield
No he tenido la ocasión de hablar de Peggotty desde mi
huida; pero, como es natural, le escribí tan pronto como me instalé en Dover, y
le envié una segunda carta, más larga, con toda clase de detalles, cuando mi
tía me tomó oficialmente bajo su protección. Al iniciar mis estudios en el
colegio del Doctor Strong, volví a dirigirme a ella, contándole con
detenimiento lo feliz que era y las perspectivas que se abrían ante mí. A fin
de devolverle la cantidad que me había prestado, le mandé por correo, dentro de
esa última misiva, una moneda de oro de media corona; lo cierto es que no
habría podido encontrar un modo de gastar el dinero del señor Dick que me
produjera mayor satisfacción; y sólo en esta epístola, no antes, le hablé del
joven con el carro tirado por un burro.
Peggotty respondió a todas mis comunicaciones con la
prontitud, aunque no con la concisión, del empleado de una casa de comercio. Pareció
agotar toda su capacidad de expresión (que no era demasiado grande sobre el
papel) en el intento de escribir los sentimientos que le inspiraban mi viaje. Cuatro
carillas con comienzos de frases, incoherentes y plagadas de interjecciones,
con el final siempre emborronado, apenas sirvieron de desahogo. Pero aquellas
páginas me decían mucho más que la mejor redacción, pues mostraban que Peggotty
había llorado al escribirla, ¿y qué más podía desear yo?
Me di cuenta, sin dificultad, de que mi tía continuaba
sin gustarle demasiado. Había tenido un plazo muy corto para asimilar la
noticia, después de tantos años de alimentar prejuicios contra ella. Jamás
llegamos a conocer a una persona, afirmaba Peggotty; pero que la señorita
Betsey fuese tan diferente de cómo se la había imaginado, ¡era toda una
lección! Ésas eran sus palabras. Resultaba evidente que seguía teniendo miedo
de la señorita Betsey, pues me pidió que le diera las gracias, pero lo hizo con
timidez; y temía que yo volviera a escaparme, a juzgar por la cantidad de veces
que me repitió que, siempre que lo deseara, ella me pagaría el billete hasta
Yarmouth.
(Extret de: David Copperfield, Charles Dickens)

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