viernes, 7 de diciembre de 2012

Text Adults


David Copperfield

No he tenido la ocasión de hablar de Peggotty desde mi huida; pero, como es natural, le escribí tan pronto como me instalé en Dover, y le envié una segunda carta, más larga, con toda clase de detalles, cuando mi tía me tomó oficialmente bajo su protección. Al iniciar mis estudios en el colegio del Doctor Strong, volví a dirigirme a ella, contándole con detenimiento lo feliz que era y las perspectivas que se abrían ante mí. A fin de devolverle la cantidad que me había prestado, le mandé por correo, dentro de esa última misiva, una moneda de oro de media corona; lo cierto es que no habría podido encontrar un modo de gastar el dinero del señor Dick que me produjera mayor satisfacción; y sólo en esta epístola, no antes, le hablé del joven con el carro tirado por un burro.

Peggotty respondió a todas mis comunicaciones con la prontitud, aunque no con la concisión, del empleado de una casa de comercio. Pareció agotar toda su capacidad de expresión (que no era demasiado grande sobre el papel) en el intento de escribir los sentimientos que le inspiraban mi viaje. Cuatro carillas con comienzos de frases, incoherentes y plagadas de interjecciones, con el final siempre emborronado, apenas sirvieron de desahogo. Pero aquellas páginas me decían mucho más que la mejor redacción, pues mostraban que Peggotty había llorado al escribirla, ¿y qué más podía desear yo?

Me di cuenta, sin dificultad, de que mi tía continuaba sin gustarle demasiado. Había tenido un plazo muy corto para asimilar la noticia, después de tantos años de alimentar prejuicios contra ella. Jamás llegamos a conocer a una persona, afirmaba Peggotty; pero que la señorita Betsey fuese tan diferente de cómo se la había imaginado, ¡era toda una lección! Ésas eran sus palabras. Resultaba evidente que seguía teniendo miedo de la señorita Betsey, pues me pidió que le diera las gracias, pero lo hizo con timidez; y temía que yo volviera a escaparme, a juzgar por la cantidad de veces que me repitió que, siempre que lo deseara, ella me pagaría el billete hasta Yarmouth.


(Extret de: David Copperfield, Charles Dickens)

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